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sábado, 28 de febrero de 2015

50 Sombras de la pornografía

Publicamos este artículo por el interés suscitado por el estreno de la película "50 sombras de Grey"; agradecemos a su autor la colaboración y "la luz" que da sobre el tema...

50 sombras de la pornografía 

EMILIO GARCÍA SÁNCHEZ. PROFESOR DE BIOÉTICA. DEPARTAMENTO DE CIENCIAS POLÍTICAS, ÉTICA Y SOCIOLOGÍA. UNIVERSIDAD CEU CARDENAL HERRERA
(Publicado en Las Provincias, el jueves, 26 de febrero de 2015)

Resulta alucinante que precisamente el día de los enamorados se estrene la película pornográfica ‘50 sombras de Grey’ y que vaya a verla más de un millón de españoles, en su mayoría jóvenes. Han pasado por la taquilla para disfrutar de uno de los estrenos más esperados del año. En sólo un fin de semana se ha recaudado 7,33 millones de euros en España. Muchos acuden a ver la película por simple curiosidad o por no decir que no la han visto. La película trata sobre los escarceos sexuales de Anastasia Steele (Dakota Johnson) y Christian Grey (Jamie Dornan). La adaptación del primer volumen de la trilogía de novelas eróticas de la británica E. L. James lleva al público un paso más allá en el erotismo: un cuento de hadas sadomasoquista. ‘50 sombras de Grey’ se presenta en la pantalla como una fantasía sexual en la cual la protagonista da su consentimiento por amor a un tipo de relaciones sexuales que le desagradan, y hasta se deja controlar, pues Grey decide incluso qué se pone o qué bebe. Al final, Anastasia se convierte en la esclava sexual de un millonario. Desde el estreno, la película no ha parado de generar polémica. La madre de Dakota, Melanie Griffith, se siente avergonzada y ha manifestado que no irá a ver la película. En Estados Unidos un grupo de mujeres se han manifestado contra la cinta calificándola de ‘50 sombras de abuso doméstico’. El New York Post lo llama porno blando para chicas. Otros medios critican la apología de la violencia sexual y de género. Incluso la propia actriz, tras la lluvia de críticas ha confesado al Daily Telegraph que no sabe qué ha hecho y siente también vergüenza de esta fantasía sexual decadente. La directora, Sam Taylor Johnson, renunciará a continuar con la saga por desavenencias con la autora del libro. El sentido común y la experiencia confirman que ni este tipo de películas ni los libros pornoeróticos ayudan nada a disminuir la lacra social del maltrato y la violencia sexual a mujeres, la pornografía infantil, la pedofilia, la pederastia, el sexting, etcétera. No es una buena noticia este éxito cinematográfico para los que están embarcados en el proyecto de sacar a la familia de la crisis que atraviesa. Cada vez hay más rupturas de novios y de gente casada por consumo de pornografía. La pornografía daña las relaciones humanas de pareja al ofrecer una imagen de la sexualidad distorsionada e irreal. No tiene nada que ver con el amor auténtico que causa felicidad en las personas. Porque la pornografía cosifica el cuerpo del otro y lo convierte en un objeto de uso sexual gratificante. Viola la dignidad de la persona, herida al saberse utilizada, degradada y desintegrada sexualmente. Expertos en salud pública señalan que el consumo de pornografía genera comportamientos adictivos como una droga más, convirtiéndose en una de las dependencias y obsesiones menos confesadas porque su problema avergüenza. Por su anonimato y fácil acceso cada vez existen más ciberadictos al sexo de webs porno y chats eróticos. Este descontrol explica que haya aumentado el número de pacientes que reclaman ayuda porque la adicción acaba generándoles un trastorno de múltiples consecuencias: ruina económica, problemas escolares y laborales, ansiedad, depresión... Sufrimiento, demasiado sufrimiento. Algunos acuden a la consulta cuando las llamadas a líneas eróticas o los contactos con prostitutas les han arruinado y sus parejas y familias les han descubierto. Otros, cuando desgraciadamente han contraído sida u otras enfermedades de transmisión sexual (ETS) como consecuencia de relaciones promiscuas. Las ETS viven un repunte generalizado en el mundo occidental, y España no es una excepción. Sólo de las cuatro más frecuentes (sífilis, gonococia, clamidias y tricomonas) se diagnostican casi 450 millones de casos anuales, según la OMS. Alimentar el deseo sexual como si fuera tomarse un bombón, provocarlo y excitarlo con películas, reality show, libros y publicidad pornográficas no es una buena idea para la salud sexual ni la convivencia familiar. Nutrir las cabezas de la gente joven –como si fueran vertederos– con pensamientos, sueños eróticos e imágenes obscenas conduce a tal descontrol de la imaginación y de la memoria que ofusca la inteligencia, trastorna la concentración y empuja ansiosamente a la satisfacción de la pulsión animal más intensa del hombre. Acaban embarcándose en viajes constantes de lo virtual a lo real para experimentar nuevas emociones sexuales. Pero el peaje es muy caro y las sombras superan a las 50 de Grey. El sexo acaba enloqueciendo y desequilibrando a la persona cuando se desvincula de la razón y la voluntad. Y el peor efecto: la incapacidad para amarse a sí mismo y amar a los demás, convirtiéndote en un inválido sexual con graves dificultades para mantener una relación amorosa seria y comprometida. El sexo es una joya muy valiosa. Su uso y su fin más sublime y hermoso es el amor. Por eso si se corrompe es pésimo, destructivo. Deberíamos promover una mayor protección del sexo. Volver a guardarlo en el ámbito de la intimidad del amor humano. Convencerse de que un mundo sin pornografía es más bello y mejor. Junto con una adecuada educación, eliminar la erotización y la excitación sexual del espacio público constituye un auténtico programa de ecología ambiental que ayudaría a humanizar las relaciones sexuales entre hombres y mujeres.

lunes, 16 de febrero de 2015

LOS DESCENDIENTES: FUTURO CONTRA PRESENTE

Publicamos el resumen de la intervención del Dr. Pedro Talavera en la III Jornada de Bioética, para los que no pudisteis acudir a la jornada.

LOS DESCENDIENTES: FUTURO CONTRA PRESENTE
Prof. Dr. Pedro Talavera - Universitat de València

El título de la ponencia pretende reflejar el notable cambio de paradigma producido con relación a la filiación (en su doble vertiente: tener hijos y ser hijo), en el seno de una sociedad que ha asumido los presupuestos economicistas, instanteístas y nihilistas propios de la postmodernidad decadente.
Una manifestación evidente del paradigma postmoderno de la filiación radica en una singular paradoja: la alarmante disminución de la natalidad en los países occidentales, ricos y desarrollados, que corre paralela a la hiper-sofisticación de las técnicas de reproducción asistida y al exponencial incremento del mercado de productos relacionados con el bebé y el niño.
Esta gran paradoja se explica, a mi juicio, a partir de la obsesión del sujeto postmoderno por el ‘ahora’: la asunción en clave lúdica del ‘carpe diem’.  En otras palabras: el individuo posmoderno es esencialmente instanteísta; se ha hecho incapaz de percibir su vida en clave de ‘proyecto’; ha perdido la intrínseca conexión de la existencia entre pasado (historia, legado, responsabilidad) y futuro (sentido, proyecto, compromiso), pretendiendo vivir en un indefinido presente (ilusoria y eterna adolescencia) y eso le lleva a negar toda responsabilidad y toda consecuencia irreversible de sus actos (Nietzsche). Lo irreversible es precisamente aquello que nos obliga a proyectar la existencia hacia el futuro. Y, por supuesto, nada hay más irreversible que un hijo.  En efecto, tener hijos obliga necesariamente a salir del ‘ahora’ y proyectarse hacia el futuro; salir del principio de placer y aceptar el principio de realidad (Freud). De ahí que el sujeto postmoderno tienda casi inconscientemente a evitarlos.
Pero la paradoja se forja al conectar instanteísmo con nihilismo. El nihilismo supone la reducción de la existencia a pura sensación o emotividad, renunciando a la racionalidad y la ética como manifestaciones represivas de lo auténticamente humano, de lo verdaderamente natural, que son los instintos, las pulsiones (Freud). La vida es ante todo una ‘experiencia’: vivir es ‘experimentar sensaciones’. En esta clave, tener un hijo supone para la sociedad postmoderna una de las experiencias y de las emociones más intensas. De ahí que todos aspiran a ‘disfrutar de ello’. Pero la experiencia, la sensación, son necesariamente productos del instante, no pueden mantenerse en un indefinido ahora (perpetuarse en el tiempo). Como consecuencia se produce una clara distinción entre la experiencia (instanteísta) de tener un hijo (solitaria o compartida) y la realidad (en clave de proyecto) de ser madre o padre (realidad duradera que relativiza y se considera esclavizante).
Reducir el hijo a la condición de una experiencia supone ‘objetivizarlo’; es decir convertirlo en un ‘objeto de máxima satisfacción de expectativas emocionales’. En consecuencia, la filiación adquiere perfiles muy parecidos a los bienes de consumo. En efecto, el hijo se convierte en un producto sofisticado, un ‘objeto de lujo’ sometido a la lógica economicista del mercado:
-el hijo tiende a ser ‘único’ (es una experiencia irrepetible, que únicamente se repite para buscar la experiencia de otro hijo de sexo diferente);
-el hijo tiende a planificarse: concebirse en el momento deseado (anticoncepción, congelación de óvulos);
-el hijo tiende a ser ‘perfecto’ (un ‘objeto de lujo’ no puede ser defectuoso); responder a las expectativas de máxima satisfacción emocional exige un producto ‘de calidad’: de ahí el diagnóstico prenatal y el aborto selectivo eugenésico;
-el hijo tiende a ser ‘exclusivo’; es decir, tal y como uno lo ha soñado o imaginado (un producto diseñado ‘a la medida’ del consumidor): selección genética;
-el hijo tiende a ‘exhibirse’ como ‘gran trofeo’ (mechandising sobre la natalidad y la niñez): crecimiento exponencial de la ansiedad por descubrir talentos sobrehumanos en los niños (programas televisivos, deportes escolares, moda…).

La conversión del hijo en un ‘objeto de lujo’ (y su consiguiente disolución como sujeto) sometido a la dimensión radicalmente instanteísta y nihilista de la existencia, provoca que la experiencia emocional de haber procreado ‘pase rápidamente de moda’ sin integrarse en la dimensión proyectiva de paternidad/maternidad. Esto supone que cuando el hijo ya no es percibido como objeto de satisfacción emocional deja de interesar y pasa a convertirse en un ‘problema de gestión’ cuya solución se encomienda a terceros (abuelos, chachas, canguros, guarderías, colegios, clubes…).
Esta grieta provoca una distorsionada experiencia de la filiación por parte del hijo, que tiende a percibirse sólo materialmente vinculado a sus padres, de quienes no recibe la necesaria herencia y legado moral (su inserción en una historia, en un relato familiar de valores), ni la capacidad de asumir un proyecto vital de futuro (asunción de la temporalidad como responsabilidad); sino la puntual satisfacción de sus exigencias y caprichos materiales (vivir el ahora). Lo cual contribuye a reproducir en el hijo la concepción instanteísta, nihilista y economicista que perpetuará en una afirmación radical del ‘yo narcisista’ (mediante el concepto freudiano ‘matar al padre’).
La interesante y divertida comedia "Una cuestión de tiempo" (Richard Curtis, 2013), evidencia magistralmente la banalidad relativista del ‘ahora lúdico’ (que puede ser indefinidamente cambiado) frente a la realidad ontológica de tener un hijo, que convierte la existencia en un compromiso irreversible que impone la dimensión de proyecto.